martes, 29 de diciembre de 2009

obras

Ruido, ruido y más ruido. Y lo peor, mucho de él evitable. Están de obras en casa, y hoy, un ruido que se producía espaciado y que cuando se producía no duraba más de unos segundos, 5, 10, ó 20, ha seguido durando y durando, minutos y más minutos que me han llegado a exasperar. He comprendido que era un grifo del terrado cuya conducción atraviesa por un falso techo de mi piso y que hace que algo que en principio no debería hacer ruido ninguno, o muy leve, acabe causándolo y que resulta muy molesto. Pero si es agua, he pensado, ¿qué estarán llenando, si calculo que llevan así veinte minutos? He subido a ver.

Tenían una manguera desatendida y el agua iba manando absurdamente. Resultaba que yo abajo estaba soportando un ruido molestísimo durante veinte minutos para nada, sin necesidad. Los 3 operarios estaban en sus cosas, uno pintaba un trozo de pared y otro otra, un tercero subido en una escalera pintaba una de las chimeneas de aireación del edificio, esas que esperando que el efecto Venturi lo propicie, ventilan los aseos interiores que no tienen otra posible ventilación. Uno de los operarios era oriental, no sé si chino, otro, de aspecto mediterráneo, que podría ser español o marroquí o rumano, me miraba entre brochazo y brochazo, pero se desentendía del asunto, y el tercero, magrebí, no sé si marroquí o argelino o tunecino, el único que me escuchaba sin escurrir el bulto, me dice que tenían que arrojar agua y me señalaba el desagüe, yo le le decía que ese no era el problema, que eso no era lo que causaba el maldito ruido molesto, que era el grifo, la conducción que alimentaba ese grifo, y que llevaba yo veinte minutos soportando el ruido y que por eso he subido para ver qué es lo que tardaba tanto en llenarse o regarse o limpiarse o aclararse, y que por qué estaba el grifo abierto y la manguera manando absurdamente, que por qué yo había estado soportando ese ruido sin necesidad, además de gastar toda es agua. (Uno concienciado por no desperdiciarla, recordando lo de la media cisterna cuando solo orina, y de cerrar el grifo mientras se cepilla los dientes hasta que no sea el momento de enjuagárselos que nos recuerdan continuamente los medios, y estos tres desperdiciando litros y litros de agua, groseramente, absurdamente, estúpidamente, y mientras, con ese descuido, machacándome los oídos durante veinte minutos que me han puesto de los nervios sin necesidad, por nada, por negligencia, por insensibilidd, por descuido, por incompetencia. También incompetente el constructor que habilitó esa conducción de agua, tan ruidosa, tan ineficiente, que instalarían otros operarios como estos, descuidadamente como hoy trabajaban estos.
Les he pedido que tengan más cuidado, que sé que necesariamente harán ruido, pero que intenten no hacer más del necesario, les he dado las gracias y he bajado agradeciéndome no haberme exaltado al decirles lo que he necesitado decirles, pero sin poder evitar pensar que habrán pensado que acaban de asistir a una nueva manifestación de tacañería catalana, a un catalán capaz de molestarse en subir un piso por evitarse el gasto de unos litros de agua. De un catalán que encima se enmascara con lo de que eso hacía un ruido molesto.

Las obras iban a durar un mes y medio y desde que se anunciaron que me tuvieron en un estrés previo causado por la aprensión al que tendría que sufrir inevitablemente llegado el momento. Dentro de dos días se habrán cumplido dos meses y medio, uno más de lo previsto para terminarlas, sin que se atisbe un fin inmediato. Han sido 75 días de molestísimo ruido que arranca a las ocho de la mañana. Me suelo acostar tarde, y como me organizo mi propio horario, salvo que una visita acordada a primera hora me obligue a levantarme antes, intento dormir hasta las 9. Pero no es esa hora menos, lo que me molesta perder, aunque buena es cuando me suelo acostar a las 2 o incluso a las 3, aunque ya esté acostado, porque lo emplee leyendo, y eso supone sueño atrasado para el que una hora sí cuenta. Lo molesto es empezar el día con ruido. La mayoría de la gente trabaja fuera de casa, yo no; desde hace un tiempo trabajo mayormente en casa: salgo para las reuniones de coordinación, las visitas a los clientes, la producción de las cosas, pero mi trabajo, que es mental, que consiste en analizar, en concebir, en planificar, en organizar y en gestionar cosas, proyectos de diversa índole, a mantenerme al día, a leer, a redactar, a escribir, a diseñar; es un trabajo que requiere sosiego, tranquilidad, silencio. Y estas obras me impiden desempeñar mi trabajo. Su impacto es mucho mayor que para alguien que salga de su casa antes de las ocho y vuelva pasadas las 6, cuando al terminarse la luz diurna los operarios dejan de trabajar, para el cual el impacto será casi nulo salvo en lo tocante a la suciedad del edificio, que por el continuo trasiego de materiales y operarios lleva dos meses y medio lleno de polvo, restos de material como cemento o yeso, maderas, plásticos, metales diversos, con apilamientos de escombros, de material por expurgar o nuevo para ser usado, de herramientas. Lo que podría ser una ventaja se ha convertido en una maldición, y ahora trabajar en casa no me cunde y el estrés es abrumador. Uno se mentaliza a soportarlo, pero cada día de más resulta doblemente molesto, y acumulo ya 30 días de más.

Continuamente se habla de las ventajas de trabajar en casa, de lo que podría suponer de ahorro en transportes, de descenso de la contaminación ambiental, del ahorro de tiempo en trayectos de ida y vuelta cada jornada, que debidamente organizados podrían intentar agruparse en torno a determinados días sin que fuera necesario salir de casa diariamente para ir al trabajo. El ordenador lo ha posibilitado enormemente, allí donde tengas uno dispones ya de una oficina. Pero me parece que pocos han pensado en lo que supone mientras el entorno siga funcionando de la manera en que ha estado funcionando hasta ahora. Hace unos pocos años, la escritora Mercedes Abad publicó un libro en el que contó el via crucis que supuso para ella escribir en casa mientras duraron unas obras en el vecindario. Puede parecer exagerado hasta que no te toca a ti. El silencio es un bien que no se respeta. No tendría que hacer falta tener que esgrimir que se necesita para poder trabajar sin perder la concentración ni sentirse atacado de los nervios. Cualquiera, en cualquier momento, debe poder reclamarlo para echarse una siesta, leer, meditar, pensar, o no hacer nada. Disponer de su espacio y tiempo con tranquilidad, con sosiego, en paz. Pero si uno tiene además que trabajar, resolver un asunto, progresar en su resolución, todas las molestias que perturben el desempeño hacen que el trabajo suponga un calvario.

¿Aprenderán alguna vez los contratistas de obras a esmerarse en terminar antes de lo previsto? Todo ese tiempo ahorrado les supondría una ganancia dado que el precio suele haber sido pactado antes. Ahorrarse unos días supondría más tiempo para acometer otras obras en otros lugares, más facturación, más ingresos. Quizá hasta podrían obtener una doble ganancia pactando un sobrecoste por cada día de menos. Si eso es complicar las cosas, que se conformen con terminar en el plazo previsto, ya que beneficia a todos, a ellos los primeros. ¿Por qué son tan ineficaces si a costa de esa ineficacia perjudican innecesariamente a sus clientes y a ellos mismos soportando el coste de más días de trabajo que no van a poder compensar cobrando más? Pero se irán con sus trasiegos y molestias a otro lugar y volverán a repetir el proceder, esa maldición que es tan abrumadora por tan insidiosa y que si se piensa aún resulta más fastidiosa por evitable, por absurda.

Estos operarios se volverán a olvidar de cerrar otros grifos, seguirán enredando la vida de otros clientes sin necesidad, porque si fueran más inteligentes o más sensibles serían violinistas o por lo menos arquitectos, pero no simples operarios, aunque puedan ser oficiales de segunda o de primera en lo suyo, buenos pintores o buenos alicatadores o buenos soldadores. O aceptables por lo menos. Y si algunos son sensibles e inteligentes, no parece que sientan necesidad de manifestarlo, de ponerlo en evidencia cuando trabajan de lo que trabajan. Quienes les contratan, sus capataces, el aparejador, el contratista, aparecen y dan el visto bueno o corrigen lo que corresponda pero sin quedarse un rato, sin posibilidad de dirigirles, sin opción de modificar para bien su desempeño, suponiendo que tengan criterio y sensibilidad para ello, y sus operarios, mayormente eventuales, hoy aquí y mañana allí, pero además contratados por empresas distintas, irán a lo suyo sin pensar en otra cosa, desentendidos de las molestias que podrían evitar.

Cuando se habla de sostenibilidad, de progreso, de calidad de vida, de tantas cosas, transitamos por unos espacios que quedan alejadísimos de la cotidianidad más vulgar, la que suponen las obras, las reformas, las rehabilitaciones, que siendo en sí mismas enojosas, caras, un engorro, son casi siempre un cúmulo de molestias evitables y que a mí me dan el verdadero nivel de vida, el verdadero nivel de progreso de una sociedad. Hace ya muchos años, un amigo me contaba cómo le impresionó ver de qué modo le echaron abajo un tabique en Copenhague, cómo sin maza ni golpe ninguno, dos operarios vestidos con pulcros monos blancos y manejando una sierra rotatoria, fueron cortando bloques de tabique y dejándolos en unos sacos contenedores de fibra, y como después de terminar la operación, pasaron una aspiradora que formaba parte de su instrumental como herramienta, y en un plis plas volvieron por donde habían llegado dejándolo todo limpio como había estado, el tabique desmontado, desalojado hecho cachitos pulcramente, mientras que aquí eso aún lo hace un tipo duro que a golpes de maza echa al suelo trozos de tabique que al caer añaden más estruendo, levantan polvo que va más allá del suelo, y que la señora o el señor de la casa, o la asistenta de la casa, tendrán que aspira y barrer, para después quitar nuevamente el polvo del resto de la pieza o incluso de todo el domicilio, habrán tenido que franquear la puerta varias veces, o dejarla abierta para que trasieguen con los escombros, los bajen y los saquen a la calle, todo lo cual supone mucho más tiempo para las operación, más tiempo para los operarios y otro más para el cliente, todo ese tiempo de más perdido absurdamente, como si el tiempo no tuviera ningún valor.

Nuestro nivel de desarrollo es aún el de la maza, un nivel grosero, anticuado, molesto sin necesidad, y mientras, somos uno de los países europeos con más tarjetas de crédito o cajeros automáticos u oficinas bancarias por cabeza, con más pisos de propiedad, con montones de cosas que evidencian que hemos modificado aparentemente muchas cosas pero sin modificar las necesarias, que seguimos siendo unos tarugos y permitiendo que se nos siga tratando mal, todos a todos, por motivo de unas obras o de mil otras cosas, atrasados, ineficientes, bárbaros aún. Y da pena comprobarlo y sufrirlo diariamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario